La intimidad de Rulfo; Cartas a Clara - Desde Jalisco

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La intimidad de Rulfo; Cartas a Clara

miércoles, noviembre 04, 2009

Cuando uno admira a un escritor, y mas aun, a uno como Rulfo, siempre quiere saber más sobre él; sobre su vida, sobre qué lo llevó a escribir de tal manera, sobre sus gustos, sus miedos, en fin... A mí me causa mucha curiosidad saber cómo se expresaba en lo personal, por eso, hago aquí una recopilación de fragmentos de las cartas que le envió a su novia y luego esposa Clara Angelina Aparicio Reyes, durante su largo noviazgo de seis años.

"He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Clara: corazón, rosa, amor… Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña".

"Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua".

"Chiquilla, tienes los ojos azucarados, y los cachetitos, el izquierdo y el derecho, tienen sabor a durazno", le escribía. "Cuídate mucho y quiéreme mucho, pedacito de jitomate".

"Te ODIO, mujercita de mi alma", se despide en una carta en 1944. "Con todo mi aborrecimiento. Juan", termina otra. Había un dato: Clara le había exigido exactamente tres años de espera para el paso definitivo (el casamiento) a un hombre sediento de paz, suavidad y afecto, que vivía en México mientras ella seguía en Guadalajara.

"Hoy se murió el amor por un instante y creí que yo también agonizaba. Fue a la hora en que diste con tus manos aquel golpe en la mitad de mi alma. Y que dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza...",

Con tono socarrón, en otra de sus cartas le decía esto: "También tengo la pena de manifestarle que estoy muy enamorado de una criatura re fea y re chamagosa, que por cierto me tiene vuelto loco debido a motivos personales. Uno de esos motivos es que a mí siempre me han gustado las cosas feas. Desde que era chiquillo me gustaba que me asustaran. Me daba por andar en lo oscuro por ver si de repente salía algo horripilante que me hiciera sentir miedo. Eso me alegraba. Por tal razón, cuando la encontré a ella, pensé en lo bueno que sería vivir asustado siempre, día por día, con esa cara de chamuco que, con sólo verla, lo hace a uno sentirse feliz. Yo nunca te he platicado nada de cuando era joven. A ver si poco a poco logro contarte algo."


Y de cuando decide enviarle una foto suya a Clara. Primero le avisa: "Montoncito de nubes, esta semana me voy a retratar para que tapes el agujero del ratón. La cosa es que ya me había retratado con el fin de mandarte esa maligna figura mía, pero no te mandé el dichoso retrato porque salí asustado, y no quería que tú me tuvieras allí con esa cara de susto que tenía en la fotografía." Dos intentos posteriores no mejoraron las cosas: "Lo que sea, el retrato está feo como para no querer guardarlo. Este, y los otros de que te platiqué. Así, igual que éste, pero en tamaño grande es como estaba. ¿Verdad que estoy muy trompudo? Bueno, eso ni quien me lo quite; pero la cosa está en que a la amplificación, al retocarla, le dejaron las trompas negras y es en el que te decía que parecía que le habían pintado la boca al suscrito (lo rompí, eso fue lo que hice). Pero por éste te puedes dar cuenta de cómo estaba. El último es el de la mirada de cobrador. Yo creo que voy a necesitar hacerme gente buena para que, cuando me retrate, no me salga la maldad por los ojos."

Mostrando su lado egoísta: "Pero yo no quiero tratar este asunto. No lo quiero porque soy demasiado egoísta y porque te necesito y porque no te quiero para nadie sino únicamente para mí, aire de las colinas."

La correspondencia de Rulfo con Clara Aparicio está dividida en tres partes. La primera, es la de la distancia, el noviazgo y el límite de los tres años de espera. Allí es donde hay mayor tensión, personal y por lo tanto de lenguaje: aparecen los pozos de angustia existencial, pero también los alivios, los paseos o las caminatas (en una carta le anuncia que al otro día habrá desfile y ruido en la ciudad, y por lo tanto ya está armando la mochila para irse a los cerros).

La segunda es la que rodea el hecho mismo del casamiento, ya muy cercano, que se extravía en ansiedades menores y detalles sobre prendas diversas, en especial, desde luego, el vestido de boda, que se iba haciendo en la ciudad de México. En un par de líneas, sin embargo, expresa sus más caros deseos: "Tú sabes y yo también sé que lo que más deseo sobre la tierra eres tú, y luego escribir (poder). Un lugar tranquilo para ti y esa misma tranquilidad para poder escribir." Ya cerca de la fecha crucial, aparece de nuevo el desdoblamiento y el humor: "He tomado nota de que hay que ir muy elegante a tu boda, aunque te voy a decir que en mí nadie se fijará. Pues la gente no acostumbra fijarse en los invitados, aunque en este caso tú me hayas invitado para acompañarte; de cualquier modo dirán cuando me vea junto a ti que sólo ando allí para detenerte tantito de tu brazo. Dirán: ella lleva tacones altos, muy altos, y se sabe caer, por eso viene ese sujeto a su lado; ella lo invitó para que la hiciera de novio en la boda, pero nada más."

La tercera zona es breve, pero vuelven la intensidad y el sufrimiento. Encadenado a su trabajo en "la Goodrich-Euzkadi" y los viajes de ventas por el interior de la república mexicana, es de hecho cuando los dos están más dolorosamente separados. La errancia o las "andulencias" del pasado se convierten en obligación y fastidio; la soledad no es propia, ganada, sino la simple ausencia de una mujer muy determinada: "Antes creía que tenía alma de vagabundo, pero desde cierto día para acá sé que no la tengo. Quisiera estar en mi casa junto a mi mujercita y mi hijo y nada más. (...) Por acá el mundo se va estrechando; los pueblos son cada vez más muertos, y el tiempo es muy largo. Cuando andaba contigo me sentía como si anduviéramos de paseo. Ahora que ando solo siento que voy entrando en un mundo extraño, donde no sé qué he venido a hacer."

Aun peor es la sensación de soledad cuando Clara viaja a Guadalajara, con la casa "toda sola y fría como un ataúd frío", un "perico triste" y tres cartas de Clara: "No sabes el gusto horrendo con que las leí y volví a leer." Todas las cartas de ese período reúnen el desgarro de la distancia (revive, por ejemplo, lo que sintió al ver perderse el tren donde se iban Clara y su hija Claudia), las quejas ya muy intensas contra el maldito trabajo ("creen que el pan y la leche que comemos vale mucho más, mucho más caro, que la pobre tranquilidad que estamos necesitando, (...) como si uno fuera la masa con que amasan sus negocios...") y el desorden que invade a Rulfo y la casa.

Juan Francisco, el hijo de Juan, nació en Guadalajara el 13 de diciembre de 1950. Sobre eso trata la última carta que, como ocurre en las correspondencias publicadas, no tiene por qué ser la carta realmente última que intercambiaron. Lejos de él, el padre finge una recriminación susurrada, cariñosa: "He sabido ya lo que hiciste, la enorme travesura que hiciste. Has traído un hijo nuevo al mundo. Alguien que te cuidará cuando ya no puedas con la vida. Me cuentan que nació muy grande." Unos párrafos más adelante describe con precisión el sentimiento de esa distancia a la vez cruel y abstracta: "Me da no sé qué no conocer todavía a mi hijo. Hasta ahorita es como si sólo fuera un cuento que me contaron para hacerme dormir tranquilo. (...) Ahora sé por qué te fuiste a Guadalajara para que naciera. Querías que fuera de Jalisco, tequilero, para que de grande salga muy macho y muy borracho. Ahora lo sé."

Las referencias de Rulfo a su actividad literaria en la correspondencia son escasas y breves. Por momentos parece que tratara de proteger a Clara de su propia obra o actividades. Le cuenta una reunión "artística", por ejemplo y le dice: "Bueno, se bebió, se comió y se dijeron muchas barbaridades, que no te cuento porque te pondrías coloradita." En el período que abarcan las cartas, ya había empezado a publicar los cuentos que integrarían El llano en llamas: "Me van a publicar un cuento en una Antología de Cuentistas Mexicanos. 'Nos han dado la tierra'. Yo les había entregado otro que se llama 'Es que somos muy pobres', pero lo encontraron subido de color. No sé por qué me salen las cosas tan crudas y descarnadas, yo creo que porque no están bien hervidas en mi cabeza." Más adelante le anuncia que el relato salió publicado en la revista América, donde aparecieron varios de sus relatos, y que aparecerá también en Novedades. "Pero no te conviene leerlo", insiste.


En la imagen, Clara Aparicio fotografiada por Rulfo (1947).

Durante más de 50 años la viuda de Juan Rulfo, guardó en una pequeña caja las 81 cartas que su esposo le envió entre los años 1944 y 1950. Unas cartas que nadie sabía de su existencia y que muchos años después de su muerte, decidió dar a conocer en un libro. Cuando se publicó “Aire de las Colinas” (Debate. Editorial Sudamericana y Plaza & Janés; que incluye todos estos textos) en el 2000, Clara Angelina comentó:

-No me puedo considerar protagonista en su vida literaria, tan sólo me dedicó su libro de cuentos El llano en llamas. Cuando yo lo conocí su actividad literaria formaba parte de su vida cotidiana, lo que se refleja en las cartas. También le gustaba mucho la fotografía. En sus cartas él es el protagonista y yo soy la persona en quien pone su confianza para contar su vida y sus sentimientos.

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2 Comentarios

  1. Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

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  2. Hola Angie: mi escritor favorito es Rulfo... cuando salió este libro a la venta, me lo devoré. Quedé enamorada de la manera tan linda y respetuosa en que Juan le escribía a Clara. Toda una historia de amor, no? Por cierto, qué padre tener gustos tan parecidos...

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